«Desde el mar no hay piedad, si vos no te mojas» (Lisandro Aristimuño. “Para vestirte hoy”)
Ella viene armada. Durita. No robot, pero con coraza.
¿Coraza viene de corazón?
Es que siempre sintió, mucho. Y era fácil, libre, permitido. Nunca le avisaron que había que cuidarse.
En el edificio de su mente-cuerpo-emocional, no entró la categoría “peligro”. Es que de verdad, no los hay.
El único peligro es no sentir, anestesiarse.
Lo que ocurre, es que a veces la ola viene alta, y hay que verla. Escaparse no, verla sí.
Y ella no sabía, era muy joven, y casi se ahogó.
Salió a flote, sí. Pero se acorazó. Durita.
Siguió así todo lo que su ADN le permitió. Su ADN es generoso. Así que tardó bastante en darse cuenta.
Podía seguir así, claro. Caminando, derechita.
Hasta final, si quería.
Pero por suerte no quiso.
Y entonces volvió al mar. Y entró de nuevo. Primero poquito, pero la alegría fue tan grande! Encontrarse con la vida no es pavada.
“La ansiedad, la pena y el dolor” se habían cansado de habitarla.
Se inundó, pero sacó la cabeza, respiró. Aprendió a nadar.
Es simple, claro. Pero como todo lo simple, para llegar, hay que hacer un circuito por lo complejo, tamizar qué sí, separar lo que no.
Y seguir nadando.
El mar no le permitió andar seca.
Qué sabio.